sábado, 21 de mayo de 2011

El Amor del Padre

"Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Jn 2:16-17)



Muchas veces vemos a Dios como nuestro jefe, que nos pide hacer algo y espera que lo cumplamos a la perfección, al pie de la letra, en el menor tiempo posible. Hay experiencias en la vida que nos han hecho centrarnos tanto en resultados que, cuando llegamos a los pies de Cristo, traemos esa mentalidad de mundo a nuestra incipiente relación con Dios. Si bien parte del "paquete" de aceptar a Cristo como nuestro Señor y Salvador es intentar agradarlo en todo, no podemos seguir nuestro camino hacia la santidad en nuestras propias fuerzas.



Es como si un padre o una madre intentara obligar a su bebé a caminar porque sabe que lo necesitará pronto, dejando que lo intente solo y se lastime. Y cada vez que el pequeño cayera lo mirara severamente y le dijera "inténtalo otra vez, tienes que tratar", aún sabiendo que su capacidad de realizar esta tarea no está desarrollada todavía. Esto contradice grandemente lo que Jesús dijo "si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más nuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan".



Es ese mismo Espíritu el que nos da no solo el discernimiento para saber lo que le agrada a Dios y lo que no le agrada, sino también la fortaleza de hacer la voluntad de Dios, la valentía de ir donde no iríamos de no ser por Él. La vida que Dios nos ofrece es muchísimo mejor de lo que el mundo, con todo su esplendor, podría. Cuando decidimos seguir los pasos de Jesús no estamos solos en esta lucha, sino que tenemos al mejor aliado de nuestra parte: el Espíritu de poder, amor y dominio propio que nos fue dado por el sacrificio de Jesús en la cruz, y por supuesto, el amor incondicional de ese Padre que nos ama, nos espera pacientemente, nos enseña, dirige y, cuando caemos, está presto a levantarnos.

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